jueves, 27 de mayo de 2010

LAS ESPOSAS ROSAS DE LA IPU ITALIANA

La conocí entre aviones y aeropuertos, era una chica pija, con pinta de seria y aburrida, pero me contó una extraña historia que le ocurrió en el aeropuerto de Sarajevo, de esas surrealistas que suelen ocurrir cuando uno se mueve por ciertos ambientes.
Tras pasar una temporada en Bosnia como becaria para una embajada regresaba a su país de origen, era por la mañana y amanecía entre las montañas que rodean la ciudad, ella estaba triste pues dejaba detrás amigos y buenos momentos, pero debía partir. Cargó el taxi, no quería despedidas, estaba sola, y se fue al aeropuerto.
Una vez allí tenía que pasar un control de seguridad con todas las maletas, cualquiera que la hubiera visto pensaría que era una chica seria, deportista, aplicada, vestida en tonos “pastel”, zapato plano, sin maquillaje… muy pero que muy decente, como me contó que decían de ella. Con su cara tristona fue dejando uno por uno todos los bultos en la cinta de rayos: los esquís, el portátil, la mochila, el bolso y la maleta. Cuando se disponía a pasar la policía le llamó: “Disculpe Señorita, ¿es usted policía?”. La chica miró la pantalla que señalaba la señora y vio claramente, brillando relucientes … ¡LAS ESPOSAS!
Esas esposas eran las más conocidas en la Base Militar de Butmir, que nadie piense mal, estaban en la tienda de la IPU Itailana, todo el mundo las miraba y comentaba pero nadie se atrevía a comprarlas, y no era para menos, el pelo “rosa-puticional” que las cubría las había hecho famosas, y entre tanto soldado valiente, ninguno poseía precisamente el valor (y descaro) de adquirirlas. Así que ahí estaban, brillantes a pesar del polvo por su antigüedad, hasta que un día llegaron los amigos de esta chica, hombres duros y fuertes donde los haya, capaces de atravesar desiertos, cruzar océanos, mover montañas… y decidieron comprárselas para reírse de su decencia. La chica se sonreía con nostalgia al imaginar ese momento que no presenció, viendo a aquellos guerreros de uniforme pidiendo una caja de balas, pintura de camuflaje, navaja, unas botas y … las esposas rosas. (bajito y rápido como si no fuera con ellos), le dijeron que lo repitieron más de tres veces, pues la dependienta o no les oía, o no les entendía, o simplemente disfrutaba con la situación.
Tras esa aclaración, la pobre siguió angustiada contándome lo ocurrido. Al ver la imagen resplandeciente de las esposas, se puso nerviosa, negó que era policía, y no hacía más que repetir “it´s a joke, It´s a joke from my friends from Camp Butmir”. La mujer le pidió que se acercara y abriera la maleta, mientras otro policía de tamaño bosnio (2 por 2), se aproximaba por si surgía algún problema.
La chica reconoció la mirada en sus ojos, de precaución y alerta ante la posible amenaza, esa mirada la había visto antes en los ojos de otro policía de aduana de los Estados Unidos, que por un mal entendido, la había llevado a “el cuartito”, ese que hay en todos los aeropuertos, con el que compartió horas con supuestos talibanes y “wet backs”/ espaldas mojadas de aeropuerto, en las que ella, con un vestidito rosa de niña bien, leía el HELLO, el Times o el ABC.
"¡La había liado de nuevo!" Me dijo con desesperación.
Se acercó a la mujer y se quedó quieta frente a ella, con la esperanza de que hubiera una remota posibilidad de que la policía se olvidara de su presencia y no le hiciera abrir la maleta. Pero el hombre levemente la empujó incitándola a abrir. Subió la maleta a la mesa, la abrió, mientras, como siempre, caían braguitas, tangas y sujetadores, lo que agravaba la situación, metió la mano dentro, rebuscó y pronto notó algo suave, como pelo de peluche… ¡ahí estaban! Rápidamente las sacó y en menos de un segundo, la policía pegaba un grito llevándose las manos a la cara, llamando la atención de todos los cuerpos y fuerzas de seguridad que había en el aeropuerto, que en ese momento, no eran sólo de Bosnia, si no también militarse de Camp Butmir (austriacos, turcos, españoles, italianos, estadounidenses, irlandeses…) que debían estar esperando a alguna autoridad. Todos miraron hacia la pobre chica, que colorada guardaba las esposas rosas ante la mirada de la policía, en la que esta pobre chica podía leer claramente “¡tu no eres una niña bien y decente… eres una golfa!”.
La chica no sabía que hacer, si reír o llorar… por alguna extraña razón me dijo que se acordó de aquella discusión que le contó un amigo en Bosnia, en la que una pareja debatía sobre si llevar a su hija, que aún no había nacido, a un colegio de monjas o no y en la que el hombre puso punto y final con la mítica frase de: “¡Puta, puta, mi hija antes Puta que mojigata!”
Así que con esa palabras en mente, la mirada clavada de la policía y medio Camp Butmir, cogió sus bultos y se dio la vuelta, dispuesta a abandonar ese país que había sido su hogar, mientras escuchaba la carcajada de la policía a su espalda.
Me contó que por un momento bajó la cabeza, avergonzada, pero tras recapacitar, la subió, mirando al frente y con paso firme, riéndose de su mala estampa, abandonó Sarajevo con pena y con gloria, como se debe ir uno de los sitios.