miércoles, 25 de febrero de 2009

UNA VIDA VOLANDO


La conocí el 1 de Mayo de 1986, yo tenia 2 años y medio y ella… puede que ya hubiera perdido la cuenta, pues siempre ha tenido unos “taitantos” desde ese momento, ese primer recuerdo, con mi hermano recién nacido en brazos y unos sofás grises.

Ella me había visto antes, cuidado, cambiado algún pañal y seguro llevado al monte, tampoco creo que muchas veces, pues a esa edad se está aprendiendo a caminar y ella que es una viajera profesional, los niños le gustan, si son muy pequeños, de visita, y si son un poco mayores, lo suficientemente duros como para seguirla el ritmo, lo cual es bastante complicado.

Pero como a mí me llegaron sus genes de primera mano, en línea recta, cuesta abajo y sin frenos, al ser la primogénita de su primogénita, en el reparto intenté coger lo mejor que llegaba, no con mucho éxito en algunos casos, pero en otros, puedo permitirme el lujo de decir que no he salido mal provista y supe elegir, aunque a mis 25 termine con la lengua fuera cuando la acompaño en alguna aventura.

Y es que ella siempre fue bastante dura, o al menos eso dice mi padre, que la conoció cuando se dirigía a Santiago en bicicleta desde Roncesvalles, sola, analizando los pros y los contras de algún cambio importante en su vida.

Dura, DURA de cabeza y fuerte, FUERTE de corazón. Pero lo que de verdad es de destacar, es que sufre de nomadismo agudo, y reivindica que volar, no es solo para los pájaros que algunos dice tiene en la cabeza, si no un Derecho Humano.

De pequeña, antes de que perdiera a su padre en la guerra, este le subió en un globo, y se enamoró de la vista que allí contempló. Ancha es Castilla, o el Corredor del Henares, pues desde su Alcarria natal, era lo que tenía delante.

En cuanto pudo, engañó a alguien para ser azafata, no le fue difícil, siendo hija de una suiza, hablaba un perfecto francés y buen alemán e italiano. Así que trás un café en el restaurante de un buen hotel de Madrid, en que su interlocutor comprobaba modales y educación, se convirtió con poco más de veinte años en una de las primeras azafatas de Aviación y Comercio, que mas tarde sería AVIACO, que luego pasaría a pertenecer a IBERIA.

Esos años de azafata debieron ser los más felices de su vida, pues los ojos le brillan cada vez que se sube a un avión o cuenta sus venturas y desventuras trabajando en aviación:

Un día no le sonó el despertador, y cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, así que bajo en pijama a la calle, con una gabardina y el uniforme de volar, paró un taxi y le mandó a Barajas mientras ella se vestía. Una vez en el aeropuerto, le hizo entrar en la pista y perseguir al avión que estaba despegando. Con medio cuerpo fuera del taxi, paró el avión, la subieron a horcajadas y se marcharon. En aquellos tiempos solo había una azafata, y si estaba mala o no llegaba, el avión se iba sin ella.

Sus viajes a Malabo, cuando aún era colonia, y para ella un paraíso. Aterrizar, despedir al pasaje, ponerse el bañador, darse un chapuzón en las playas de Bioko, cambiarse y recibir a los nuevos viajeros vuelta a la Península.

Era otra época para la aviación, según me cuenta, las azafatas eran señoritas de buena familia, bastante aventureras y que se reían de las historias que la gente corriente inventaba sobre ellas. Se conocía al pasaje, pues eran pocos los que por aquellos años volaban, las ventanillas se podían abrir, y el uniforme era un traje azul marino de fondo de armario. “Volar ya no es lo que era”. Siempre me dice.

Y entre vuelo y vuelo conoció a un apuesto caballero, también de AVIACO, con el que se casó, dejo las alas y tuvo 7 hijos. Era lo que entonces se hacía.

Aunque los dos eran de las personas más increíbles que uno pueda encontrar, a él no le gustaba volar, así que un buen día, la vida les separó, dejándole a él a caballo entre Bilbao y Menorca, y ella, disfrutando de la libertad y de los billetes Free (Imprescindibles para su supervivencia).

Tomó un avión y se fue a Méjico, allí vivió una temporada con los indios tarahumaras, también llamados rarámuris, de la Sierra Madre, regresó a España, para ver que toda la familia estaba bien. Y se volvió a ir, esta vez a Argentina que recorrió en autobús, cruzó los Andes y pasó a Chile, país del que se enamoró, y vuelta a España para ver que todo seguía en su sitio, si había algún problema lo arreglaba, o cuidaba de quien necesitara de una madre, si no, volvía a tomar un avión, o un camión dispuesta a cruzar el África, cuando a mitad del camino la detenían por perder el pasaporte, pasaba una temporada en la cárcel, y se escapaba en un avión de carga de Air France, volvía a España, miraba que todo fuera bien y se iba tras curarse alguna herida, ahora el avión le llevaría a Papúa Nueva Guinea, donde no sé muy bien que se le había perdido viviendo con los Papúas, pero solo sé que cuando regresó, mi madre, bastante más sensata que ella y cuerda, lo cual no es muy común en mi familia, la metió en el hospital, para que sanara de aquello que fuera que pilló en aquella tribu prehistórica, en que amamantaban cerdos. Que si, es cierto que en España decimos que “del cerdo hasta los andares”, pero para comérselos, no adoptarlos.

En cuanto pudo levantarse de la cama, y dar dos pasos, ya estaba de nuevo en el avión, volando hacia el Kailas, bañándose en lagos a más de 4000 metros de altura y sobreviviendo a derrumbamientos, congelaciones y alguna que otra rata.

Entre viaje y viaje, yo fui creciendo, embobada con sus idas y venidas, sus fotos y sus historias, hasta que por fin, a los 18 años, me fui con ella al Perú, donde nos perdimos por los Andes y pasamos a la Selva para navegamos el Paranapura por Yurimaguas.

A mí ya me había metido el gusanillo y se dedicaba a maleducarme, muy a pesar de mis padres, que no sabían cómo atar a una hija nómada a la pata de la mesa, pues no había regresado de un viaje y ya estaba pensando en el siguiente.

Entonces llegó un día hablando de una ONG, AVIACION SIN FRONTERAS decía que se llamaba. Ya solo con el nombre mis padres pusieron el grito en el cielo.

“¡Las perdemos!”.

Empezó a llevar niños de lado para otro para que se operasen, y sus viajes de aventuras se volvieron más humanitarios. Dicen que las revoluciones son para los jóvenes. ¡JÓVENES DE ESPIRITÚ!

La volví a acompañar a otro viaje por Nicaragua, comprobando que seguía siendo imposible seguirla el ritmo. Pocas veces podemos viajar juntas, puede que pronto nos dejemos caer en un mismo sitio en el mismo momento, pero ya se sabe que dos puntos en movimiento es complicado que se encuentren, aunque lo intentamos a menudo, y como no sea en Alcalá o San Sebastián que es donde nos llegan las cartas….

Ahora debe andar por algún país perdido de Latinoamérica, que siempre fue su región favorita después de su amada España, acompañando a cierto cantautor que conoció un día en el Sahara Occidental, o Sahara Español como prefiere decir ella, en un festival de cine, y que a pesar de ser totalmente opuestos, comparten una bellísima amistad.

No sé muy bien que tiene viajar. Ni entiendo por qué a algunos nos atrapa, y nos mete en ese remolino que nos impide parar a pesar de que haya veces que extrañemos nuestra patria, nuestra cuna, nuestra gente y familia. Pero al regresar, siempre hay algo más fuerte que nos hace partir, sentirnos vivas, el ansiar más de una vida, e intentar vivir la de tanta gente, de tantos sitios, y hacerla propia. Propia y Única, Única e Irrepetible. Así es la vida, igual que un viaje, con inicio y final, y en medio, un camino lleno de buenos y malos momentos, aviones y aeropuertos, despegues y aterrizajes, risas y lagrimas, en el que haces y pierdes amistades, amores, recuerdos, cicatrices… vivir y viajar… ¿Acaso no es lo mismo?


Un gran reto este de resumir la vida de una aventurera en tan pocas líneas. Algún día le escribiré un libro como ella me pide, pero de momento, ni yo soy tan buena con la pluma, ni su historia veo que tenga fin. Así que cada cosa a su tiempo y los viajes… para SIEMPRE.
Lugares visitados, y pocos que quedan por visitar. San Sebastián.

Cruazando los Estados Unidos con su nieto en Harley Davidson.



Méjico.




miércoles, 18 de febrero de 2009

El NICARAGüENSE DE LOS JUGOS

Como todos los días, a media mañana, un par de pasantes de la Corte recogen los reglamentarios 300 colones de quien quiera un zumo, o como dicen aquí, jugo de naranja. Bajan con una cubitera a la calle, y allí está “el nicaragüense de los jugos” esperando con un carrito repleto de naranjas y un exprimidor al que llama “chupa tintas”, por alguna razón que prefiero ignorar.

Le dicen cuantos jugos quieren, el exprime sus frutas, rellena la cubitera, aclaran cuentas para tener negocios largos y se van a la Corte a repartir los jugos entre los que pagaron, siempre aprovechando que quien parte y reparte, se lleva la mejor parte. Y así todos los días, cada vez dos pasante diferente.

Yo como buena mujer, me encanta el arte de curiosear, que otros llaman cotillear, así que el día que me tocaba baje con la cubitera y mi inseparable compañero alemán, víctimas ambos de una broma o experimento, según quiera verse, que se está llevando en la Corte Interamericana de juntar al más alemán de los alemanés y a la más española de las españolas en menos de 2 metros cuadrados por 4 meses. Veamos que resulta… pero eso será otra historia.

Así que ahí estábamos el nicaragüense de los jugos, el alemán organizado y la española curiosa en la entrada de la Corte.

“¡Esto parece un chiste! Sé como ha llegado el alemán y como he llegado yo a este lugar, pero ¿usted?”



Y esta es la historia que me contó:

Él vivía en Matagalpa, rodeado de cafetales, y un buen día, le escribió un amigo suyo que vivía en Costa Rica, comentándole que pronto volvería a tierras matagalpinas, pues no tenía los papeles en regla. Estaba contento por regresar a su hogar, lo único que le daba pena era dejar su exprimidor “chupa tintas” y el carrito de las naranjas, a los que tanto cariño le había cogido.

Nuestro nicaragüense de los jugos, pensó que era una buena oportunidad para ver mundo, tenía pasaporte y visa para un sueño, así que le comunicó a su compatriota que iría a Costa Rica, y se haría cargo del carrito y de “chupa tintas”.

Así hicieron, con tan mala suerte de que al mismo tiempo que llegaba a San José, lo hizo una extraña plaga que acabaría con todas las Naranjas costarricenses.

Era un gran problema aquel, pues los niños empezaron a padecer la carencia de la Vitamina C. Las autoridades no sabían que hacer ante tanto niño sin Vitaminas. La comunidad internacional no tardó en ofrecer ayuda, a través de muchas embajadas que se ponían a disposición de Costa Rica a la espera de que especificaran aquello que necesitaran.

Cuando se enteró la mujer del Embajador de España, a la que todo el mundo llamaba Embajadora Doña Lola, pues como toda mujer, era quien llevaba los pantalones, tanto en la casa y como en la Embajada, puso el grito en el cielo.

“Don Manolo. ¡esto no puede ser!”
Le dijo al Embajador de España, al que trataba de usted, pues eran una pareja de avanzada edad, y educación arcaicas.


“Ahora mismo está usted llamando a Su Alteza, y que mande directito para Limón el Portaaviones Príncipe de Asturias lleno de Naranjas de Valencia. Que para algo he sido Fallera Mayor y somos de la Madre Patria. ¡Hay que hacer algo!”

“Pero Doña Lola, mire usted, esto no va a ser posible, el Príncipe de Asturias ahora esta navegando por el Mediterráneo Oriental y…”


“¡Don Manolo! ¡Las Naranjas para los niños!”



Curiosa pareja esta de Embajadores, ambos eran de Valencia, con costumbres muy marcadas que intentaban implantar en el país, como la de la paella de los domingos y los petardos en época de Fallas, a los que por muchos que tirasen, nunca se había llegado a acostumbrar el vecindario de ricos e ilustres donde tenían la Residencia Oficial, por lo que la Embajadora Doña Lola, solía mudarse por esas fechas a una casita cerca de la Calle de la Amargura, donde se sentía libre de tirar todos los petardos que quería sabiendo que el ruido no sería un problema.

Así que el Embajador Don Manolo, como buen calzonazos, pidió a Su Alteza, que trajera el Príncipe de Asturias lleno de Naranjas de Valencia para los Niños de San José, a lo que el monarca no se negó pues sabía como se las traía Doña Lola.

Esta era la situación en Costa Rica, esperando las Naranjas, cuando nuestro nicaragüense se despertó una mañana y contempló como en la entrada de su casa había miles y miles de Naranjas en cajas donde se leía:

SAN CARLOS LE REGALA VITAMINA C PARA LOS NIÑOS DE SAN JOSÉ.

El matagalpino no entendía nada, pues a San Carlos también había llegado la plaga, pero eso no importaba. Llamó a las Autoridades Sanitarias, les dijo que tenía miles y miles de Naranjas, que las llevaran al hospital Calderón de la Guardia, y que él con su carrito y su exprimidor “chupa tintas” estaría allí haciendo jugos hasta que todos los niños tuvieran la suficiente Vitamina C, como para un año.

Se lo comunicaron a Doña Lola, la cual contenta, ordenó a su marido que escribiera a la Zarzuela para que regresara el Príncipe de Asturias y después hizo una gran paella para celebrarlo y tiró unos cuantos petardos.

Y nuestro Nicaragüense feliz empezó a trabajar de lo que quería cuando llegó a Costa Rica, haciéndose muy conocido gracias a sus jugos, ya que esas Naranjas que aparecían todas las mañanas en su casa, en cajas de San Carlos eran mano de santo y curaban todos los males provocados por amor, intelecto o alcohol.

Un buen martes, después del típico Lunes de Cuartel, me contó que iba por la calle a 100 metros Sur del Spoon de los Yoses, cuando le paro un chileno y un gringo, pidiéndole jugos para combatir la resaca que sufrían. Tan ricos estaban y tanto bien les hicieron, que le rogaron que todos los días después de pasar por el Hospital de Calderón de la Guardia, fuera por la Corte.

Y fue a la Corte. Y han pasado varios años y ahí le tenemos todos los días a media mañana, con esas naranjas que nos dan la vida después de un fin de semana de jarana, un Lunes de Cuartel, un Martes de Vyrus, un Miércoles de Chicha y un Jueves de Jazz Café.

Lo prometido es deuda. Aquí tiene su relato que como le advertí es poco fiel a la realidad, salvo por algunos detalles que nadie puede cambiar. Espero lo haya disfrutado tanto como nosotros disfrutamos de sus juguitos.

martes, 10 de febrero de 2009

DOÑA MARICELA Y SUS PELILLOS A LA MAR


Como es tradición entre los que vivimos de una u otra manera en San José, los fines de semana aprovechamos para hacer alguna excursión, casi siempre a las playas del Pacífico o Caribe para relajarnos, tostarnos al sol, salir de fiesta, y contemplar una especie autóctona de la cota tica, caracterizada por su escultura, fuerza y bronceado: LOS SURFEROS.

Como no, esta actividad de fin de semana y fiestas de guardar, precisa nuestra mejor presencia. Para ello, toda mujer nueva en un lugar, realiza antes más que tarde la misma pregunta:

“¿Dónde puedo depilarme?”

La respuesta suele ser sencilla,” aquí o allá”, pero en el ambiente en que me muevo de gente seria, decente y respetable, la pregunta trae carcajada cuando te envían donde Doña Maricela.

Entre risas, me explican que es la mejor en este lado del Mar Océano, y que ni las brasileñas han visto cosa igual, tal es la vocación de la Señora, que es preciso tener cuidado, pues a la que una se descuida, no deja pelo alguno del cuello a los pies, y entre risas chistes y alguna anécdota me contaron la mas graciosa historia de una “depiladora profesional” jamás contada:

Maricela era una niña normal y feliz, de una familia como las demás, formada por un padre respetuoso, una madre como ninguna y un hermano con las rodillas llenas de heridas, y chichones en la cabeza.

Maricela en su calidad de “niña normal y feliz”, llevaba lazos rojos, jugaba a las muñecas, a las cocinitas y se pegaba con su hermano cuando este tiraba de las coletas con tirabuzones.

Pero había algo que la hacía diferente y que de momento nadie sabía, era su obsesión por los pelos. Contemplaba la serie de BAYWATCH, asombrada de la depilación perfecta de aquellas mujeres, y cuando iba a casa de su primo el de Palmares, se metía en su cuarto a escondidas, levantaba el colchón, y contemplaba como aquellas bellas mujeres de las revistas no tenían ni un pelo.

Así que un buen día de agosto tras un cocido madrileño que había cocinado su abuela española de los Montes de Toledo, decidió comenzar con su formación, y mientras su señor padre, del que habíamos dicho era muy respetuoso, dormía la siesta boca abajo, y sin la camisa, se metió en el cuarto con unas tijeras y cortó todos los pelos de su espalda, con tan mala suerte que al entrar su madre, que habíamos dicho era como ninguna, en el cuarto y verla encima de su padre con el moquillo que le caía entre ronquidos, y ella tijeras en mano, soltó un grito que se escuchó hasta en Panamá, pensando que la niña había perdido el juicio. El padre se despertó, pegando un brinco y clavándose las tijeras de la cocina en la espalda precisando 10 puntos que le daría el veterinario del vecino.

Menos mal que los pelos que había por toda la cama le sirvieron a la pequeña Maricela de cuartada para evitar el castigo de un mes comiendo Casados para desayunar, comer y cenar, cuando confesó su intención de terminar con el sufrimiento de su madre ante el peludo de su padre, ya que para ella eso de EL HOMBRE Y EL OSO CUANTO MAS PELUDO MAS HERMOSO, no tenía razón de ser.

Aún así no estaba contenta, daba gracias porque su padre seguía vivo, pero veía que su trabajo no había sido perfecto, las tijeras no eran el mejor instrumento, no sabía como depilar, y desistió ante la desesperación y el desconocimiento de mejor técnica.

Pero pasaron los años, y como toda chica amante de los surferos, empezó a depilarse, primero con cuchilla, pero un buen día, vino su prima la de Tamarindo, y le contó de la existencia de la cera, que sin ser la de las candelas, quitaba todos los pelos.

Maricela era feliz de nuevo, veía una luz en el camino, y ese enigma que le había perseguido toda la vida: ¿Cómo podían no tener ni un pelo las mujeres de las revistas de su primo? Se vio resuelto:

LA CERA CALIENTE.

Ahora no desistiría, empezaría a depilar, a practicar, a estudiar las mejores técnicas y se convertiría en “la mejor depiladora profesional” de todo Costa Rica y parte del extranjero.

Y así fue.

Ahora Maricela depila a todo San José, desde los más humildes a lo más granado de la ciudad. Y cuando digo a todo, me refiere a TODOS Y TODAS en San José.

Empezó con las mujeres, “las piernas” pedían estas, y cuando se descuidaban:
“Zas Zas Zas… pelillos a la mar”

Muchas gritaban de dolor, pero luego al verse en un espejo descubrían partes de su cuerpo que les eran desconocidas.

“Con las alegrías que me has dado y nos conocemos ahora”

Decían algunas frente al espejo, contemplando tan impresionante obra de arte realizada mano a mano entre “Dios Creador” y “Maricela depiladora”

Los hombres de la ciudad la enviaban flores de agradecimiento, bombones y botellas de vino, hasta que sus esposas decidieron mandarles a donde Doña Maricela, ya convertida en Señora entre las Señoras, con el oficio más aplaudido de San José. Primero empezaba por la espalda pero después:

“Zas Zas Zas… Pelillos a la mar”

Los mismos gritos en el sexo opuesto, incluso alguna amenaza, continuado con las correspondientes disculpas, mientras Maricela se reía y bromeaba sobre su diccionario de insultos. Pero lo que más gracia le hacía a Doña Maricela, es cuando la mayoría de sus clientes varones, enrojecidos, le pedían por favor que no tuviera en cuenta el tamaño de su virilidad, pues era consecuencia del dolor padecido. A lo que ella siempre contestaba con su clásico:

“Tranquilo… Ni que me fuera a comer su platanito”

Al final, se marchan contentos, sorprendidos e incluso doloridos, pero todos regresan, hombres y mujeres, contándole sus historias, venturas y desventuras que Doña Maricela les había facilitado tras un poco de dolor.

Y así sigue la Doña, mandando los pelillos a la mar, entre gritos e insultos que le hacen feliz, pues sabe que cuanto más griten, antes volverán.

Al final no se fue a Brasil, sigue en su querido San José, ahora depila con chocolate, y escucha las historias que las jóvenes le cuentan de triunfos con surferos, y agradecimientos de las mayores por el renacer de sus matrimonios. Mientras ella feliz, presume de que no hay brasileña que le haya negado el título de MEJOR DEPILADORA PROFESIONAL, a este lado del Mar Océano.