martes, 22 de mayo de 2012

¿QUÉ HACE UNA CHICA COMO TÚ, EN UN SITIO COMO ESTE?

A mi amigo Búfalo. Porque se que siempre
seguirá sufriendo cuando escuche mis viajes,
temiendo que en un futuro puedan protagonizar 
estas hazañas alguna de sus hijaS 



Curiosamente esa pregunta nunca me la ha hecho en un bar, un borracho conocido (que no alcohólico anónimo) para ligar conmigo, siempre ha sido de viaje.

La última vez fue en el aeropuerto de Argel, tras aterrizar en “Alger La Blanch”, en un 3-20 en el que sólo íbamos 10 mujeres, la mitad cubanas (imagino que dirigían a los campamentos de refugiados de Tindouf) y la otra mitad la componíamos la tripulación, una monja, que todavía me pregunto a qué iba y yo.

Alger La Blanche

En la cola de Pasaportes un hombre de más de cincuenta años intentó evitar el aburrimiento entablando una conversación conmigo:

-          “¿Qué eres, de REPSOL?”

Candidato necesita asesor de imagen ¿con gafas?
Me habían hecho mil veces esa pregunta desde que comencé los trámites del visado en un momento tan oportuno como el previo a unas elecciones en un país de dudosa democracia y justo cuando a Doña Cristina le había dado por quedarse con YPF.

-          “¡Uy no! ¡Que va! Vengo de viaje.”

Contesté con una sonrisa como si de Disney Landia se tratase. Inmediatamente frunció el ceño, miró al techo (seguramente acordándome de mis padres o de su hija) ya sabía lo que me iba a decir… lo que más de una vez me han preguntado mosqueado, hombres que lejos de ligar conmigo, les enfadaba casi sin conocerme, y soltó la mítica frase entre gruñidos:

-          “¡¡¡Se puede saber que hace una chica como tu en un sitio como este!!!”

No me dejó contestar, tomó la postura de padre responsable y continuó con su bronca y aspavientos, dándome su tarjeta, preguntándome si tenía la dirección y el teléfono de la Embajada de España y ofreciéndose para llevarme a donde quiera que tuviera que ir, porque según él: “¿Cómo me iba a dejar ahí sola?”. Al final, le convencí de que no pasaba nada, que llegarían a por mí, y que si no, ya me las arreglaría.

Refunfuñando ante la posibilidad de tener que ocuparse de una joven inconsciente como yo, en el caso de que me metiera en líos, aceptó dejarme sola, no sin antes decirme quien era el jefe de tierra de IBERIA, por si tenía problemas.


Yo no se como lo hago, pero más de una vez me he encontrado con este tipo de hombres en mis viajes, todos tienen el mismo perfil: más de 50 años, formados, responsables y con una hija en alguna parte del mundo “civilizado” a la que no les gustaría ver sola en algún aeropuerto o estación de África. Siempre se enfadan conmigo antes de conocerme, y yo, la verdad, lo agradezco.


Este hombre de Argel, al que por cierto, no necesité volver a llamar, me recordó a un oficial de Canadá al que conocí en el aeropuerto de Douala al que llegué con demasiadas cajas de leche en polvo para un orfanato. Cuando vi que no había nadie que viniera a por mi, las junté y me senté encima de ellas y me puse a leer mientras esperaba a… “alguien”, no se muy bien a quien, me habían dicho en Madrid que alguien aparecería.

Entonces se me acercó, serio, firme y se presentó como el “Capitán Smith” (yo en mi pavo particular, me acordé del Capitán Smith de Pocahontas) e inmediatamente la pregunta:

-          “¿Se puede saber que hace una chica como tú en un sitio como este?”

Yo le contesté que estaba esperando al contacto que teníamos aquí para que me llevara a un pueblo (que debo confesar, ni sabía donde estaba) para dejar las cajas de leche en polvo. Al hombre se le encendieron los ojos:

-          “¿Pero tu sabes donde estás?”
-          “Si claro, en Douala… ¡Ay no me diga que me he equivocado de avión y estoy en Yaundé!”
Carreteras de Camerún

El pobre Capitán Smith no apreció mi broma y siguió refunfuñando, con menos aspavientos que el español de Argel, pero con la misma cara de preocupación. Hasta que sin que yo dijera nada, me ordenó que cogiera mis cajas (no se muy bien cómo, pues el espectáculo que había dado al trasladarlas desde la cinta de equipaje había provocado la risa de más de uno), y me fuera con él, que conocía el sitio y que no pensaba dejarme sola ahí. Yo se lo agradecí de nuevo, pero me negué, este hombre parecía buena gente y preocupado, pero tampoco sabía nada de él, y la verdad… es que yo en los aeropuertos siempre me siento como en casa. Así que nos despedimos, no sin antes anotar su teléfono y jurarle como así me hizo hacer, que le llamara ante cualquier problema y si no los tenía, cuando estuviera “sana y salva”.


Y así hice, para decirle que había llegado bien y donde estaba, resultando ser un orfanato que él conocía y con el que tenía algún proyecto.


Pero al que siempre recordaré con más cariño, fue al que más enfadamos (dos amigas mías colombianas y yo). Aquel jubilado marroquí que había sido intérprete en Naciones Unidas si que nos salvó de un buen susto.

Al mal tiempo... ¡carcajada!
Estábamos en la estación de trenes de Fez, a media noche salíamos para Tánger, y dado que viajábamos de "mochileras" con poco dinero, habíamos tomado la “sucia” costumbre (digo sucia porque no vimos una ducha en varios días y nuestro olor era bastante… asqueroso) de viajar de noche para no pagar hotel.

Nos subimos en primera y mientras buscábamos nuestro compartimento, nos íbamos inquietando; ahí sólo había hombres que se quitaban las camisetas y gritaban a nuestro paso como diciendo: “¡CHICOS! ¡CARNE FRESCA!” mirándonos con ojos un tanto lujuriosos. Nosotras, intentando quitarle hierro al asunto nos decíamos que con la peste que traíamos no habría valiente que se nos acercase (a pesar de que la más viajada de nosotras estaba más elegante que salida de una boutique de París). Por fin entramos en el compartimento, ¡no había nadie! Menos mal. Y mientras colocábamos las cosas se abrió la puerta y vimos a un hombre canoso:

“¿¿¿¡¡¡ SE PUEDE SABER QUE HACEN 3 CHICAS COMO VOSOTRAS EN UN SITIO COMO ESTE!!!???; ¡¡¡ ME HABEIS FASTIDIADO EL VIAJE!!!”

Yo le intenté explicar que éramos unas viajeras que… no hubo manera, me interrumpió a gritos, no quería escucharme, su sitio era el de la ventana, pero nos ordenó que nos pusiéramos ahí, lejos de la puerta, que él ya vigilaba. Entonces se volvió a abrir esta, dándole en las narices y un hombre joven entró con una sonrisa pensando que le había tocado la lotería. No le dio tiempo a decirnos ninguna guarrada cuando el jubilado cerró la puerta de golpe detrás de él, y le empezó a gritar. Yo no entendía nada, pero deduzco que era algo así como: “Tu te sientas ahí, frente a mi. Y como se te ocurra moverte, te corto el cuello ¿entendido? ¡no te voy a quitar el ojo de encima!”

El chico joven se sentó, callado y serio "acongojaito" estaba, ni movió un músculo en todo el viaje, ante la severa mirada de aquel hombre al que bautizamos como “santo protector”. Que pasó todo el viaje sin dormir, aguantando nuestros olores y vigilando al “figura” que tenía delante para que no se sobrepasara con nosotras.

Cuando llegamos a Tánger ni se despidió, seguía enfadado. Cerró la puerta de golpe mientras gritaba: “¡¡¡ESTO NO SE LE HACE A UN PADRE!!!”


Yo creo que con los años, encontraré menos caballeros a los que enfade por encontrarse a una “chiquilla” sola en un sitio que ellos consideran que no debería estar, o puede que esto sea ya algo que me pase siempre en mis viajes de ahora en adelante, y siempre me encuentre alguno.

Pero lo que si es cierto, es que yo, agradezco todos estos enfados y preocupaciones, pues si bien es verdad que a veces me parecen excesivos, otras muchas no lo son y además, recuperan la “esencia de viajar” en este mundo tan contaminado por el turismo.




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