sábado, 7 de enero de 2012

MONTAÑEROS DE "ALAS DE LA SONRISA"

“Alas de la Esperanza” si, ¡cuando sea! “Alas de la Sonrisa”… no me veía capaz, pero había decidido que quería hacerlo, quería participar en esa jornada en Ocaña en que acompañaríamos a unos niños a montar en globo, a ver si conseguíamos que, al menos por un día, tanto ellos como sus familiares olvidaran “el problema”, haciendo una de las cosas mas bonitas que se pueden hacer: VOLAR.

Pero nada mas llegar y ver a los niños con sus familias, me eché para atrás, había tristes recuerdos que volvían a mi mente y… no podía. Así que en cuanto alguien pidió ayuda para volver a los coches para coger unas gorras, lo vi claro, “¡me voy!”

Abrí mi maletero y mientras sacábamos las cajas se cayeron unos calcetines sucios del fin de semana anterior, me había ido con un amigo a subir una montaña después de todo el verano sin entrenar. ¡Gran idea la mía! Había sido tan inconsciente y bruta de no dudar cuando me propuso la ascensión, y claro está que la falta de preparación se notó y llegado un momento, me senté en una roca y dije que no podía más.

Momento "NO PUEDO MÁS"

Juraría que me atizó con un palo, aunque estaba tan cansada que ni me acuerdo, mientras me decía que le diera al botón.

“¿¿¿¿PERO DE QUÉ “BOTÓN” ME HABLAS????”

Él me explicó que hay veces en la vida que no podemos más, como me pasaba a mi en ese momento, pero que todos tenemos un botón de… “un par de h&%*@#” (si me permiten la expresión). Esos mismos que echamos a la vida cuando creemos que no podemos, pero tenemos que seguir. Así que ya estaba dándole al botón para seguir subiendo, porque él no pensaba llegar si no era conmigo. Así que, le hice caso, y le di al botón.

Trás darle al botón de "un par de h&%*@#", LO CONSEGUIMOS

Entonces, mientras recogía los calcetines y pensaba en esto, se me cayó la cara de vergüenza ¿Quién era yo para decir que no podía cuando esos niños y esas familias están dando todos los días al DICHOSO BOTÓN?

Así que agarré las cajas, me di media vuelta y volví para pasar una de las tardes más bonitas de otoño que uno pueda imaginar, riendo, jugando, contando chistes, respirando un aire demasiado movido como para volar, cosa que no conseguimos, pero lo suficientemente limpio y cálido como para disfrutarlo.

Cuando me di cuenta nos estábamos despidiendo, ya había terminado la tarde, ¡Que gran tarde! Aún me pregunto por qué nos dieron las gracias, cuando las agradecidas éramos nosotras por tener la suerte de compartir un rato con los mejores y más duros montañeros que nadie puede imaginar. GRACIAS.