miércoles, 1 de diciembre de 2010

AL PAN, PAN Y AL VINO... ¡¡¡COMO LOCOS!!!

Alguien me dijo una vez, que beber vino es pecado. Pecado… ¡Pecado es comer un cocido madrileño sin vino! Además, si mal no recuerdo, en la última cena no brindaron con agua precisamente, ni con Coca Cola son las Misas.
Pecado puede ser lo que te lleva a hacer el consumo excesivo del tinto, el blanco o el rosado, además de ilegal, peligroso o indecente. Son muchas las historias que me han contado sobre las consecuencias de su bebida descontrolada; ya sean protagonizadas por algún peregrino a Santiago que a pesar de ser un soltero empedernido, no dudó en sentarse en medio del puente de Puente la Reina a gritar que hasta que su novia no le quisiera no pasaba nadie (lo que él terminó pasando, es la noche en el cuartelillo de la Guardia Civil), o por un miembro del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que como les suele ocurrir a alguno de sus paisanos, no supo beber y terminó inconsciente en un taxi tras inutilizar el baño del apartamento de ciertos estudiantes españoles en Georgetown durante una competición de tapas españolas.
Pero dejemos de dispersarnos con las consecuencias, para centrarnos en lo que el vino ES en si: bebida para unos, alimento para otros y parte indispensable de nuestra historia y nuestra cultura gastronómica actual, admirada en el mundo entero. Es una de las grandes herencias que junto con las calzadas, el latín y el Derecho, no dudaron en dejar los romanos por todo su imperio y en particular en nuestra península.
La costumbre de alzar la copa mientras nos miramos a los ojos antes de beber, un acto tan mecánico y usado por todos, no deja de ser un saludo a los dioses antes de beber el elixir de Dionisio, hijo de Zeus para los griegos, o de Baco, hijo de Júpiter para los romanos.
Ni siquiera los habitantes de una pequeña aldea de la Galia, los únicos capaces de resistir al invasor a pesar de estar rodeada por fortificaciones romanas, se resistieron al vino de Burdigala, de Grecia, de las montañas de Helvecia, de las tierras escandinavas, o a degustarlo en cantidades desmesuradas en sus famosos banquetes de la aldea o en casas de otros, como en la de Homeopatix.

Con la caída del Imperio romano y la llegada de los bárbaros, el cultivo del vino disminuyo notablemente, siendo los monjes cristianos, quienes se encargaron no sólo de que no se perdiera el elixir de los dioses paganos convertido en sangre del Dios Cristiano, sino que además se mejorara, siendo el objetivo final su uso en la Comunión.
Superada esta etapa, a partir del siglo XII el vino recuperó su popularidad, sobretodo en Francia. Pero el buen vino no dejó de ser luchador (que no peleón, eso es para el malo) en Europa, enfrentándose a varias plagas, destacando como la peor la Filoxera en 1863. Con su origen en América afectó a todo el Viejo Continente. Pero precisamente fue dónde nació la plaga de dónde salió también el remedio, esos viñedos creados por religiosos españoles facilitaron la salvación del vino europeo, con una técnica que no era otra más que injertar viníferas sobre pies americanos. De ahí que muchos californianos presuman que los mejores vinos europeos tienen su origen en el Nuevo Mundo.
Bonita historia la de una bebida tan noble y tan nuestra, indispensable en la gastronomía española. Por ello ¿Por qué no hacer una cata de vinos? Así dar a conocer una bebida tan fundamental en las mesas ibéricas, aquellas en las que siempre entran dos más y se disfruta degustando, saboreando y debatiendo en buena compañía, con la familia, amigos o por trabajo. En ellas nunca falta el vino tinto, blanco o rosado, que acompaña las comidas y baña esas eternas sobremesas. Esas mesas donde siempre, da igual el motivo, se eleva la copa al cielo, donde Baco nos mira sonriéndose recordando que fue él, el primero en saber que con vino, cualquier reunión siempre es mejor.
THE INSIDER

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