sábado, 25 de abril de 2009

DESPEDIDA A LA ALCALAINA

Me gustaría despedirme “a la francesa”, es decir, marcharme sin decir adiós. Pero todos los momentos pasados juntos me obligan a hacerlo “a la alcalaína” y por descontado “a la interamericana”, que ya sufrí.

Supongo que la mayoría a estas alturas saben de dónde vengo y a dónde voy, que compartí cuna con aquel que escribió sobre el mayor demente de la literatura española, por lo que pasé mi infancia entre Quijotes, Rocinantes, Sanchos y Dulcineas del Toboso.

Los molinos siempre fueron gigantes para mí y supongo que tantas historias leídas, con la influencia de caballeros como Amadís, don Galaor, el Caballero de Febo o el Cid Campeador me hicieron perder la cordura ante mis paisanos y buscarme mis propias luchas y gigantes.

Así es como llegue a esta Corte, que sin ser de reyes y doncellas, estaba llena de valientes americanos y algún que otro europeo perdido, con los que he compartido batallas, banquetes, rones, risas y muchos bailes.

El primer día cierto abogado con nombre de torero nos reunió a los recién llegados, pidiendo que nos fijáramos en las caras de aquellos que estaban frente a nosotros, pues se convertirían en compañeros de aventuras y desventuras, trabajo y Eternos Amigos… en aquel momento no podía imaginar cuánta razón tenía.

Acertada profecía puedo decir a fecha de mi partida, pues retorno a las llanuras de Castilla, ancha y dorada, con las mejores amistades creadas.

¿Cómo podía saber yo a mi llegada que encontraría personas con quien compartiría los mismos ideales y realidades?, pero con tanta valentía y fuerza para afrontar sus miedos y retos que me asombraba, no me quedaba más que aprender de ellos.

Precisamente el aprendizaje es otra de las cosas que guardo en la mochila de vuelta, ya puedo presumir que realmente empecé a aprender Derecho en la Corte, mis maestros no fueron otros que todos ustedes. Tantas horas buscando soluciones a los males de las Américas que aprendí de las maravillas de esta tierra de la que ya me siento parte. Esta América que tanto amamos, y que me han mostrado abriéndome las puertas de sus países con charlas interminables en las que esta española se ha paseado por Brasil, Colombia, Méjico, Chile, Perú, Argentina… tantos lugares, tantos casos, tantos expedientes, tantos corazones en el camino.

Duele la partida, pero hay que ser valiente, la vida está llena de etapas, unas empiezan y otras acaban, y nuestra obligación es vivirlas al máximo, exprimir los buenos ratos, y aprender de los malos, caer y levantarse, agradeciendo siempre la ayuda del que te presta una mano además de una copa de ron.

¿Volveremos a vernos?; ¡Seguro! No tengo la menor… el mundo de los Derechos Humanos es pequeño y ustedes son grandes, como decimos en España, “arrieros somos y en el camino nos encontraremos”.

Sin más me despido, mis queridos Quijotes, más cuerdos de lo que nuestros Sanchos piensan, pero luchadores por un ideal. No cambien, no pierdan esa vocación que tanto nos unió a todos en este periodo de tiempo que el destino decidió viviéramos juntos en la bella tierra de Costa Rica.

Y recuerden que una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las mas noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos les esperan en su Alcalá de Henares, donde nunca olviden que además de lecho, techo y mesa, tienen una amiga.


Blanca Lalanda Alonso de Armiño
Infanta de Alcalá de Henares y los Montes de Toledo (menudo apodo me han buscado)

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