lunes, 13 de abril de 2009

ABOGADOS EN EL CALLEJÓN DEL BESO

A los abogados se nos ha tachado siempre de no saber reconocer el romanticismo ni aunque nos lo sirvan en bandeja de plata. Pero hay que entender que para románticos ya están los poetas, y que nosotros nos tenemos que hacer cargo del daño moral o económico y el lucro cesante causado por las relaciones.

En mi caso personal, durante los últimos años en que mis amigos han comenzado a contraer matrimonio, me gané la fama de fría y calculadora, además de pesimista (menos entre los catalanes, gracias a su Código Civil) pues siempre que me comunicaban una unión yo recomendaba acuerdo prematrimonial. Supongo que también ayudó a crearme esa imagen, mis primeras reacciones llevándome las manos a la cabeza y preguntando sobresaltada contra quien se casaban.
Menos mal que ya he ido puliendo mi comportamiento y hasta me alegro cuando son dos amigos los que deciden pasar por la vicaría, ya no sólo por el buen banquete y la jarana que me espera, si no porque de verdad les quiero y deseo lo mejor. Pero mis recomendaciones, siguen siendo las mismas.
Volviendo al tema central, y reivindicando que no somos lo que trabajamos, aunque cierto es que a veces nuestro calidad de abogados aparece durante la vida libre y ociosa, al igual que nuestra parte humana hace acto de presencia durante las mas de las 10 horas diarias que se le dedica al oficio, insisto, podemos llegar a ser románticos, aunque cueste creer.

Buscando buenos ejemplos, encontré escuchando una Audiencia Pública de la Corte Interamericana en Méjico, al representante de las víctimas de un país que me fascina, y en el que siempre he dicho que es donde mejor me han tratado.

Mientras el representante hablaba del acuerdo de solución amistosa que había entre el Estado y las víctimas dijo:

“Ya que estamos en Méjico no podemos dejar de ser un poco románticos: un acuerdo que no pretendía ser el callejón de los besos”.

Apunté en un papel CALLEJÓN DE LOS BESOS, y seguí escuchando. Cuando terminé, pregunté a una amiga y compañera mejicana a que se refería y me contó que en Guanajuato, hay una leyenda que cuenta lo siguiente:

Doña Ana era la única hija de un español rico, intransigente y violento. Pero a pesar del espanto que producía su padre entre los pretendientes, doña Ana era cortejada por un joven apuesto, don Carlos.

Pero al descubrir su padre el amor que compartían, sobrevinieron el encierro, la amenaza de enviarla a un convento o hasta casarla en España con un viejo y rico noble. (seguro que hoy en día ante la liberación desenfrenada de la mujer muchos padres han pensado mas de una vez hacer lo mismo.)

La bella y sumisa Ana y su dama de compañía, doña Brígida, lloraron e imploraron juntas pero de nada sirvió.

Así que doña Brígida (que como le ocurría en Castilla a su buena colega Celestina, ya vestía canas y sabía mas de amores y sus placeres que la pobre pánfila doña Ana) resolvió que llevaría una misiva a don Carlos con la infausta nueva, y de este modo buscar solución alguna a tal desdichado amor.

Mil conjeturas se hizo el joven enamorado, pero de ellas hubo una que le pareció la más acertada, que no valiente, pues bien podría haber raptado cual don Juan a su amada doña Inés y haberle dado un poco mas de emoción a la historia.

Pero el pobre joven y cohibido enamorado, por cuyas venas corría la horchata más que sangre roja por amor, recordó la existencia de una ventana de la casa de doña Ana que daba hacia un angosto callejón, tan estrecho que era posible, asomado a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente.

Decidió comprar la casa, para así hablar con su amada, y entre los dos, encontrar una solución a su problema.

La alegría de doña Ana al ver a su amado embobado al otro lado del callejón fue truncada, cuando escucharon al fondo de la habitación los gritos y amenazas de su padre increpando a la Celestina mejicana. El cual apartó de un golpe a doña Brígida y clavó la daga que portaba en el pecho de su hija.

Don Carlos enmudeció de espanto (ya he dicho que no era muy bravo, que si flojo) y antes de que su amada falleciera, beso la mano fría que aún sostenía entre las suyas.



Nos quedamos la mejicana y yo pensando en la relación que había entre la leyenda de Guanajuato y el acuerdo de solución amistosa, sin llegar a conclusión alguna. Preguntamos, muchos divagaron, pero nadie nos supo contestar.

Pasaron los días y volví a escuchar la Audiencia Pública, y allí estaba la respuesta que yo no había logrado entender la primera vez. El representante de las víctimas la explicaba claramente y esto fue lo que dijo:

“Un acuerdo que no pretendía ser el callejón de los besos, pero tampoco el Acta de Solución Amistosa (…) puede convertirse como dice aquí en un candil de la calle, en una ilusión óptica. Si esta Ilustre Corte le da la razón al Estado, la solución amistosa es un candil de la calle (…) Si esta corte permite el levantamiento de las medidas provisionales, gana la muerte”.

Entonces lo entendí, o al menos, así es como yo lo interpreté:

Si el acuerdo de solución amistosa no llevaba a cabo las medidas establecidas, sería como el candil de la calle, que iluminó un amor prohibido, pero no hizo nada por protegerlo. Supongo que el representante de las víctimas preferiría que el acuerdo de solución amistosa fuera la valiente doña Brígida, que luchó por el amor, frente a un padre/Estado que se opuso a él, llegando a impedirlo cortando la vida de su propia hija.


Sinceramente considero, que a cualquier poeta de profesión le habría sido difícil superar el romanticismo puesto en el caso por un abogado de vocación.

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