miércoles, 14 de enero de 2009

BIENVENIDA A COSTA RICA, SEÑORITA

Cada país tiene una forma de dar la bienvenida a sus nuevos habitantes. Yo las he tenido de todos los colores, pero sin duda la más movida, me la dio Costa Rica.

No debía llevar ni 3 días en San José, donde hago una pasantía en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando de repente, mientras comía en “el Balcón” con una tejana que había cambiado la calle 6 de Austin por la Avenida 10 de San José, y otro alemán que intenta adaptar su orden germano al desorden latinoamericano, el volcán Poas se enteró que esta española de tierras cervantinas, se paseaba por sus territorios y empezó su característico “baile de San Vito”.

Yo que no me había visto en una igual, me dirigí a mis amigos que parecían tranquilos:

“¿no deberíamos salir a la calle?”.

Ante su negativa miré dentro de la casa que hacía las veces de restaurante bueno, bonito y muy barato, viendo que excepto una señora que estaba presa del pánico, ahí nadie se movía, y esperaban a que al Poas se le calmaran las tripas, para seguir comiendo, o si empeoraba salir a descubierto.

“Allá donde fueras haz lo que vieras…. ¿¡Aunque cueste la vida!?”.

De pronto, terminó, aunque habría más de 250 réplicas durante todo el día, lo que me haría estar más mareada que cuando montaba en barco para ir a Menorca de pequeña. Se acercó el dueño preguntando si estábamos bien.

“¡Es mi primer terremoto!”

Le dije con cierta alegría, mientras él entre risas, me daba una palmadita en la espalda y contestó:

“Pues bienvenida a Costa Rica, Señorita, y tranquila que el meneo no se lo cobro”.

No fue hasta el día siguiente al ver el telediario de TVE Internacional, cuando después de mostrar una España blanca por las nieves de Siberia, hicieron una breve mención al terremoto, y sorprendida me enteré de que lo que para mi había sido un meneo, a 20 km de San José, había causado muertes, desapariciones, cortes de carreteras y comunidades incomunicadas.

Es triste ver como el ser humano es capaz de acostumbrarse a las desgracias que por desdicha le suceden o ve de forma repetida en el tiempo. Al igual que en España, cuando los desalmados indeseables de ETA ponen una bomba, la primera pregunta que hacemos todos es si ha habido algún muerto o herido, y si la respuesta es negativa, con un “¡hijos de p&%=**!” continuamos nuestra vida. Aquí en Costa Rica, los terremotos son su rutina, y cuando suceden, parece ser que tan solo esperan a que pase para seguir con la comida. Supongo que tal indiferencia que todo ser humano siente, aunque sea de forma inconsciente ante sus “características” desgracias, es una vacuna contra la desesperación, angustia e ira que nos produciría procesar, y analizar todas y cada una de las injusticias que vemos. Todo sea por acercarnos a la felicidad… Lo que no estoy tan segura es de si esa indiferencia es “sana” para la salud de la humanidad.

Continuando con el relato de mi bienvenida a este bello país. Me veo yo de viaje a Puerto Viejo, en el Caribe, donde vive mi tía que vino, conoció a un apuesto Bob Marley “tico”, que le dijo que volvería y se casarían. Así fue, y desde hace 25 años viven en uno de los sitios más bellos que la Tierra tiene en este lado del Mar Océano.

A la vuelta a San José el domingo, después de un relajante “primer fin de semana” en Costa Rica, un control de policía paró el autobús en medio de la selva, para mandarnos bajar con la documentación.

Aparentemente, no pasaría nada, pero yo, que puedo presumir de ser una “honesta ciudadana española” (de momento), que mantiene buenas relaciones con la policía, la benemérita y paracaidistas de la BRIPAC alcalaína, es salir de las tierras del reino, y tener problemas con todos los cuerpos y fuerzas de seguridad de los Estados que visito. Y Costa Rica, no iba a ser una excepción. NO TENÍA PASAPORTE.

“¡Parezco nueva!”. Había dejado el valioso documento en la Corte, ya que estaban tramitando el visado diplomático, lo cual cuando me lo dijeron di gracias a Dios, pues me conozco, y conozco mi suerte y mis tortuosas relaciones con el Señor Murphy, el cual debió hacer su ley pensando en mí. Pero hasta que me lo devolvieran con ese VISADO, que valdrá más que todo el oro del Perú (que según me dice una muy buena amiga de Lima, nos lo llevamos para la Madre Patria). Pues hasta entonces me movía con una fotocopia sucia y rota sellada por la Corte, bajo recomendado aviso de NO VIAJAR ya que podría terminar retenida en cualquier control de policía.

Pues ahí estoy, ¡chula de Madrid!, en una carretera perdida de la mano de Dios, en medio de la selva costarricense, con una fotocopia casi más sucia que yo y el DNI. Eso y nada es lo mismo.

Lo bueno que tiene meterse en líos, es que una tiene que aprender a salir de ellos. Me solté la coleta y me planté delante del agente, con una sonrisa seductora y el “very important” contacto visual:

“Buenas tardes, me llamo Blanca Lalanda de ESPAÑA, estoy trabajando en la Corte Interamericana de DERECHOS HUMANOS, y lamentablemente, mire usted, no tengo mi pasaporte porque estoy esperando que me den el visado diplomático, pero me aseguraron que con esto (mostrándole la destrozada fotocopia con el sello y el DNI) no tendría ningún problema”.
Quien me habría mandado a mí viajar y no quedarme en San José ¡tan sólo por un fin de semana!… No puedo luchar contra natura, y los genes de la trotamundos de mi Señora Abuela vienen en line directa con más fuerza que el CID.

“Mire usted señorita, no va a poder continuar el viaje, tendrá que quedarse retenida aquí con nosotros, hasta que llegue su pasaporte con el sello de entrada en el país.”

En ese momento me acordé de que mi regreso a la civilización era un par de horas antes de lo que me hubiera gustado porque debía conectarme a internet, para poder enviar un ensayo del máster en Derecho Internacional Humanitario que estoy realizando online. Con todo el jaleo de terminar la carrera, trabajar los últimos días en UNICEF-Madrid en plena campaña de Navidad y mudarme a Costa Rica, no había estado muy centrada, por lo que NECESITABA enviar el ensayo antes de las 12 de la noche (siempre para el último momento), si no quería un 0 en la evaluación. Como dice el Señor Murphy:

“Si las cosas pueden ir mal, tranquilo que irán peor”

Así que tenía que echar un órdago a grande, a chica, a pares y a juego. Saqué la mejor de mis sonrisas, con la que había conseguido meter en el Caffe Citrön de Washington a 10 ingenieros sin hacer cola. Puse mis ojitos tiernos…. ¡Suerte y al toro!

“Pero, eso no es un problema, ya se lo digo yo, llegué hace una semana”.

“¿Y cómo sé que me puedo fiar de usted?”

“Bueno…. Trabajando en Derechos Humanos (señalando el sello con delicadeza) muy mala no tengo que ser…”

No sé qué pensó el policía, y prefiero no imaginarlo, gracias a Dios su padre nunca le dijo que no debía fiarse de las mujeres. Con una sonrisa bastante pícara, me devolvió mi “documentación” y se despidió de mí:

“BIENVENIDA A COSTA RICA SEÑORITA”.

1 comentario:

  1. Que grande, Blanquita!!! No ha nacido aquél a quien no te puedas meter en el bolsillo! Jajaja.

    Me alegra comprobar que te has apuntado a esta vorágine de los blogs y que, gracias a ello, podremos conocer de tus andanzas por lo que fueron las Españas. ;)

    ResponderEliminar