lunes, 26 de enero de 2009

POR EL ZIMBABUE DE MIS RECUERDOS

Recuerdo aquel avión de AIR ZIMBABWE como si fuera ayer y ya han pasado más de 15 años.

Estábamos sentados en la misma fila Eduardito, el Abuelo y yo, mirando por la ventana, contemplando la sabana africana donde nuestra imaginación nos permitía divisar desde el hogar de los dioses a los elefantes, leopardos, kudus, facocheros y hasta algún gamusino perdido más característicos de los Montes de Toledo.

Esa sabana africana que se extendía bajo una luz cálida, anaranjada y exótica del atardecer...no debía tener mas de 9 años y a pesar de que todo el mundo pensaba que mis padres eran unos irresponsables por llevar al continente “de abajo” a dos niños de 9 y 7 años, y al Abuelo operado del corazón, provisto de cafinitrinas, tirantes de la bandera de España, petaca con Cardenal Mendoza y barba canosa (lo que hacía que mas de una vez lo confundieran con un misionero español), estábamos los tres felices: ¡LLEGABAMOS A ÁFRICA!

Primera vez en aquella mágica tierra, y Zimbabue nos daba la bienvenida ese día en que el Abuelo cumplía 70 años, como nos la volvería a dar durante los siguientes veranos de mi infancia.
Son muchos los recuerdos de aquellas largas jornadas en las que nos tirábamos todo el mes de agosto mi hermano y yo corriendo descalzos, jugando con los hijos del cazador profesional, bañándonos en charcas de agua más negra que el color de sus gentes, rastreando huellas que inventábamos, armados con arcos y tirachinas (hechos por Blue Boy, que un día se fue de cacería a unas ricas tierras para no regresar), y alguna vez la escopeta de perdigones, con lo que pensábamos cazar los BIG 5, y capturar a más de un furtivo ¡con perro incluido!

Aquellos veranos, en los que la Fanta de Naranja era Naranja, el biltong nuestra chuchería, las mujeres cantaban en shona y bailaban mientras esperaban el autobús en una parada en medio de ninguna parte, contábamos historias alrededor del Fire Camp, y escuchábamos animales por la noche, tumbados encima de aquellas montañas de piedras, bajo un cielo plagado de estrellas.
Pasaron los años, y un día en Alcalá, cuando a pesar de mi intensa edad del pavo, empezaba a leer periódicos, vi una foto de un entierro de un blanco de Zimbabue en la que aparecía un amigo nuestro.
“Papá, ¿Qué pasa en Zimbabue? Dicen que están quitando las fincas a los blancos y algunos han muerto por no querer irse”

No entendía nada, ¿Cómo podía haber problemas en El Paraíso? Entonces, empecé a pensar en mis recuerdos, que avivados por las fotos y videos hechos por mi Señora Madre (única que se resistió a los encantos de la caza), me hicieron empezar a ver cosas de las que no era consciente, pero que siempre estuvieron allí:

La foto de Mugabe en todas partes; los coches de la policía eran espectaculares Mercedes; pésimo trato de los blancos a los negros, y revanchas de estos que hacían a mi abuelo padecer sus famosas “Fatigas” y tomase otra cafinitrina, por miedo a perder el avión de regreso, al no dejarnos pasar el control de policía hasta que no lo hicieran todos los zimbabuenses de pasaporte y color; los niños ya no estaban gorditos, como pensaba, estaban panzudos; la muerte de Blue Boy, que enseño a jugar a las damas a mi hermano a cambio de cigarros, y del que nos habían dicho mis padres nunca tocáramos su sangre, era de SIDA; las pastillas que tomábamos después del desayuno para no estar malitos como aquella señora en la entrada de su choza, eran contra el paludismo, la señora tenía malaria, y a diferencia de nosotros, nunca tendría el dinero suficiente para cuidar su salud, el Estado no lo haría por ella, y en Europa o Norteamérica, ¿quien se iba a acordar de buscar solución al problema si ya estaba erradicado?… Bendita Infancia, que te permite contemplar la Crónica de una muerte anunciada sin ser consciente de ello.

Ya no regresé más a Zimbabue, mal menor comparado con las noticias que me llegaban y llegan de aquella tierra donde algunos sitúan LAS MINAS DEL REY SALOMÓN: Hambre, elecciones en las que la democracia brillaba por su ausencia, imposibilidad incluso para diplomáticos de conseguir gasolina, SIDA, desplazados, y ahora COLERA, mientras la mujer de Mugabe, se lía a puñetazos con un fotógrafo al salir de una tienda en su jornada de shopping por Hong Kong.
Mas de 2000 personas han fallecido por Cólera, y la cifra continua subiendo, las autoridades sanitarias se ven desbordadas, al igual que Organismos Internacionales y las pocas ONG´s que aún se les permite la entrada al país, como consecuencia, la situación se va de las manos frente a una crisis que podría ser perfectamente evitable, si no fuera por la pobreza de este RICO país y su falta de agua potable, unida a un nefasto sistema de alcantarillado, si es que existe.

Ante esta situación, la que firma, solo puede contemplar con rabia, tristeza y añoranza, rezar y escribir, esperando noticias traídas por amigos, o escuetas menciones en los medios.

Ójala vuelva pronto, esta vez con el morral y la petaca del Abuelo, Eduardito sin la GAME BOY y barba, Padre con los tirantes heredados de la bandera de España, y Madre con sus cámaras.
Volver… volver al Zimbabue que conocí y recuerdo de cuando era niña.






Amanecer en África.

Atardecer en África

miércoles, 14 de enero de 2009

BIENVENIDA A COSTA RICA, SEÑORITA

Cada país tiene una forma de dar la bienvenida a sus nuevos habitantes. Yo las he tenido de todos los colores, pero sin duda la más movida, me la dio Costa Rica.

No debía llevar ni 3 días en San José, donde hago una pasantía en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando de repente, mientras comía en “el Balcón” con una tejana que había cambiado la calle 6 de Austin por la Avenida 10 de San José, y otro alemán que intenta adaptar su orden germano al desorden latinoamericano, el volcán Poas se enteró que esta española de tierras cervantinas, se paseaba por sus territorios y empezó su característico “baile de San Vito”.

Yo que no me había visto en una igual, me dirigí a mis amigos que parecían tranquilos:

“¿no deberíamos salir a la calle?”.

Ante su negativa miré dentro de la casa que hacía las veces de restaurante bueno, bonito y muy barato, viendo que excepto una señora que estaba presa del pánico, ahí nadie se movía, y esperaban a que al Poas se le calmaran las tripas, para seguir comiendo, o si empeoraba salir a descubierto.

“Allá donde fueras haz lo que vieras…. ¿¡Aunque cueste la vida!?”.

De pronto, terminó, aunque habría más de 250 réplicas durante todo el día, lo que me haría estar más mareada que cuando montaba en barco para ir a Menorca de pequeña. Se acercó el dueño preguntando si estábamos bien.

“¡Es mi primer terremoto!”

Le dije con cierta alegría, mientras él entre risas, me daba una palmadita en la espalda y contestó:

“Pues bienvenida a Costa Rica, Señorita, y tranquila que el meneo no se lo cobro”.

No fue hasta el día siguiente al ver el telediario de TVE Internacional, cuando después de mostrar una España blanca por las nieves de Siberia, hicieron una breve mención al terremoto, y sorprendida me enteré de que lo que para mi había sido un meneo, a 20 km de San José, había causado muertes, desapariciones, cortes de carreteras y comunidades incomunicadas.

Es triste ver como el ser humano es capaz de acostumbrarse a las desgracias que por desdicha le suceden o ve de forma repetida en el tiempo. Al igual que en España, cuando los desalmados indeseables de ETA ponen una bomba, la primera pregunta que hacemos todos es si ha habido algún muerto o herido, y si la respuesta es negativa, con un “¡hijos de p&%=**!” continuamos nuestra vida. Aquí en Costa Rica, los terremotos son su rutina, y cuando suceden, parece ser que tan solo esperan a que pase para seguir con la comida. Supongo que tal indiferencia que todo ser humano siente, aunque sea de forma inconsciente ante sus “características” desgracias, es una vacuna contra la desesperación, angustia e ira que nos produciría procesar, y analizar todas y cada una de las injusticias que vemos. Todo sea por acercarnos a la felicidad… Lo que no estoy tan segura es de si esa indiferencia es “sana” para la salud de la humanidad.

Continuando con el relato de mi bienvenida a este bello país. Me veo yo de viaje a Puerto Viejo, en el Caribe, donde vive mi tía que vino, conoció a un apuesto Bob Marley “tico”, que le dijo que volvería y se casarían. Así fue, y desde hace 25 años viven en uno de los sitios más bellos que la Tierra tiene en este lado del Mar Océano.

A la vuelta a San José el domingo, después de un relajante “primer fin de semana” en Costa Rica, un control de policía paró el autobús en medio de la selva, para mandarnos bajar con la documentación.

Aparentemente, no pasaría nada, pero yo, que puedo presumir de ser una “honesta ciudadana española” (de momento), que mantiene buenas relaciones con la policía, la benemérita y paracaidistas de la BRIPAC alcalaína, es salir de las tierras del reino, y tener problemas con todos los cuerpos y fuerzas de seguridad de los Estados que visito. Y Costa Rica, no iba a ser una excepción. NO TENÍA PASAPORTE.

“¡Parezco nueva!”. Había dejado el valioso documento en la Corte, ya que estaban tramitando el visado diplomático, lo cual cuando me lo dijeron di gracias a Dios, pues me conozco, y conozco mi suerte y mis tortuosas relaciones con el Señor Murphy, el cual debió hacer su ley pensando en mí. Pero hasta que me lo devolvieran con ese VISADO, que valdrá más que todo el oro del Perú (que según me dice una muy buena amiga de Lima, nos lo llevamos para la Madre Patria). Pues hasta entonces me movía con una fotocopia sucia y rota sellada por la Corte, bajo recomendado aviso de NO VIAJAR ya que podría terminar retenida en cualquier control de policía.

Pues ahí estoy, ¡chula de Madrid!, en una carretera perdida de la mano de Dios, en medio de la selva costarricense, con una fotocopia casi más sucia que yo y el DNI. Eso y nada es lo mismo.

Lo bueno que tiene meterse en líos, es que una tiene que aprender a salir de ellos. Me solté la coleta y me planté delante del agente, con una sonrisa seductora y el “very important” contacto visual:

“Buenas tardes, me llamo Blanca Lalanda de ESPAÑA, estoy trabajando en la Corte Interamericana de DERECHOS HUMANOS, y lamentablemente, mire usted, no tengo mi pasaporte porque estoy esperando que me den el visado diplomático, pero me aseguraron que con esto (mostrándole la destrozada fotocopia con el sello y el DNI) no tendría ningún problema”.
Quien me habría mandado a mí viajar y no quedarme en San José ¡tan sólo por un fin de semana!… No puedo luchar contra natura, y los genes de la trotamundos de mi Señora Abuela vienen en line directa con más fuerza que el CID.

“Mire usted señorita, no va a poder continuar el viaje, tendrá que quedarse retenida aquí con nosotros, hasta que llegue su pasaporte con el sello de entrada en el país.”

En ese momento me acordé de que mi regreso a la civilización era un par de horas antes de lo que me hubiera gustado porque debía conectarme a internet, para poder enviar un ensayo del máster en Derecho Internacional Humanitario que estoy realizando online. Con todo el jaleo de terminar la carrera, trabajar los últimos días en UNICEF-Madrid en plena campaña de Navidad y mudarme a Costa Rica, no había estado muy centrada, por lo que NECESITABA enviar el ensayo antes de las 12 de la noche (siempre para el último momento), si no quería un 0 en la evaluación. Como dice el Señor Murphy:

“Si las cosas pueden ir mal, tranquilo que irán peor”

Así que tenía que echar un órdago a grande, a chica, a pares y a juego. Saqué la mejor de mis sonrisas, con la que había conseguido meter en el Caffe Citrön de Washington a 10 ingenieros sin hacer cola. Puse mis ojitos tiernos…. ¡Suerte y al toro!

“Pero, eso no es un problema, ya se lo digo yo, llegué hace una semana”.

“¿Y cómo sé que me puedo fiar de usted?”

“Bueno…. Trabajando en Derechos Humanos (señalando el sello con delicadeza) muy mala no tengo que ser…”

No sé qué pensó el policía, y prefiero no imaginarlo, gracias a Dios su padre nunca le dijo que no debía fiarse de las mujeres. Con una sonrisa bastante pícara, me devolvió mi “documentación” y se despidió de mí:

“BIENVENIDA A COSTA RICA SEÑORITA”.